BUTACA 13
BUTACA 13
Cuando la sala “La ventana indiscreta” de la Universidad de Lima sea parte de mi pasado más remoto, recordaré con cariño y nostalgia la butaca número trece, mi butaca preferida, la primera de la cuarta hilera de la columna central. Cómoda, sin acompañante al costado izquierdo que te moleste con el ruido del celular o las papitas que come, y, sobretodo, con la ventaja adicional que puedo estirar mis piernas sin chocar con la butaca de adelante.
Hace tres años que la visito con bastante frecuencia. Al inicio esporádicamente y ahora casi todas las semanas (pese a que, por una alergia, el aire acondicionado al inicio hacía estragos en mi sistema respiratorio). Me gusta porque sus ciclos semanales (van de lunes a viernes) son variados: desde clásicos del cine mudo y sonoro hasta preestrenos en su ciclo de verano, pasando por revisión de filmografías de cineastas de todas partes. Creo que “La ventana…” reemplazó a la Filmoteca de Lima como punto obligado de encuentro con el cine que de veras vale, aunque por ésta última guardo un especial afecto, como pasa con los primeros amores, con los cuales descubres los misterios de la vida y el arte. Recuerdo que un antiguo amor –de cuyo nombre prefiero no acordarme- no entendía las razones de esa devoción por ver más de una vez un filme (“pero si ya lo has visto¡¡¡” me increpaba con los ojos desorbitados, mientras con la mano temblorosa agarraba su café) o me reprochaba que me quedara a las dos funciones consecutivas. Cuando tuve que elegir entre ella y mi cinefilia, ganó “La ventana…”. Cosas de la vida y misterios del corazón.
Desde el primer día me encantó la sala. Fue como un amor a primera vista, gracias –creo- al color azul predominante en su decoración (mi color favorito y que lo uso en todas sus gamas y combinaciones en mis ropas). Sus butacas cómodas y amplias, también en azul, y la buena proyección en distintos formatos completaron el encanto.
Al inicio me sentaba en la última hilera (la sala tiene sólo seis hileras, es bastante pequeña, lo cual tiene el encanto de hacerla acogedora), pero la incomodidad que sufría con mis piernas me obligó a migrar a otras, y así probando aquí y probando allá llegué hasta la butaca Nº 13, número cabalístico para mí y que, a diferencia de otras personas, yo sí lo considero de suerte. Se supone que como agnóstico debo ser racional, pero así es la naturaleza humana, tiene sus misterios y sus cábalas.
Recuerdo que las pocas veces que estaba ocupada la butaca, a regañadientes y con muy poca resignación me veía obligado a ir a otra. Ahora mismo estoy escribiendo esta nota sentado –casi acurrucado- en mi butaca número trece, esperando que apaguen las luces y comience la función.

